martes, febrero 14, 2017

Se nos murió el amor

Siempre me ha intrigado mucho el tema de las preconcepciones. La vasta cantidad de información que creemos verdadera solo por el hecho de haberla escuchado tantas veces.

Creemos que la muralla china se ve desde el espacio –no se ve–, que no debes levantar a un polluelo porque tu olor hará que su madre lo rechace  –los pájaros no tienen buen sentido del olfato–, que tenemos zonas específicas en la lengua para detectar los diferentes sabores –no las tenemos–, que la NASA gastó millones para inventar una pluma que funcionara en el espacio mientras los rusos usaron un lápiz  –chistoso, pero falso–, que usamos el 10% de nuestro cerebro y éste se divide en el lado izquierdo para las funciones lógicas y derecho para las creativas –nel, pastel–.

Pero no, no nos dan calambres por meternos a la alberca después de comer. ¿Cuántas cosas creemos solo porque las hemos escuchado suficientes veces como para dejar de cuestionarlas?

Creo que somos especialmente vulnerables a estos sesgos de confirmación en temas del amor; tal vez por lo que nos dicta nuestra religión, por lo que nos dictan las costumbres sociales del país donde vivimos o por lo que vemos en películas de Hollywood.

Una de las preconcepciones más arraigadas en temas del corazón es que lo opuesto al amor es el odio. Lo creemos sin cuestionarlo, tiene sentido, nos acomoda y entonces así lo dejamos.

Cuando una pareja pasa por un divorcio, generalmente le sigue un periodo muy desgastante de hacerse daño o de ver quién saca ventaja. Esto surge por el odio. Siempre me había preguntado cómo puedes desear tanto mal y sentir tanto odio por la misma persona a la que le prometiste amor eterno.

Es porque el odio no es opuesto al amor. De hecho el odio es una forma de amor frustrado, en el cual se presenta una represión de sentimientos.

El odio es amor. Surge del mismo lugar, de los mismos sentimientos, pero con un ingrediente incorrecto o faltante. Es la misma energía canalizada distintamente.

Lo opuesto al amor no es el odio, es la indiferencia.

Creo que funciona similar a la diferencia entre calor y frío. Entre los estudiosos de la física, se dice que el calor y frío no son opuestos, sino que el frío es simplemente la ausencia de calor.

Cuando una persona ya no te importa, entonces hay ausencia de amor. Por lo mismo, también hay ausencia de odio. Es ese punto que alcanza la pareja divorciada donde ya pueden tener una relación cordial en beneficio de los hijos en común y viven en paz.

Cuando hay odio, hay mucho amor. Amor lastimado, reprimido. La dicotomía del amor es la desgana, es lo ajeno, es la ausiencia.

Cuando hay indiferencia, entonces sí, como dice Mijares: se nos murió el amor.

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