jueves, enero 19, 2017

De simbolismos y esas cosas


2016 fue el año en que mis quincenas tuvieron nombre y apellido. A diferencia de muchas realidades, no fue para pagar colegiaturas, ni para pasarle una pensión a una ex-esposa. Afortunadamente no fue para un médico, ni para pagar una deuda. Fue para Ocesa.

Alguien le embarró aguacate a todas sus negociaciones y lograron traer a la Ciudad de México eventos fenomenales como Roger Waters, Coldplay, The Rolling Stones, The Who y otros tantos que simplemente no hubo cartera que aguantara el paso.

Hoy me quiero enfocar en los dos primeros: Roger Waters y Coldplay.

No porque sean comparables en carrera, calidad musical, estilo o género; sino porque, de todos los eventos que pude presenciar en este año, estos dos fueron los más espectaculares. No se trata de definir cuál fue el mejor. Sino de contrastar a estas increíbles producciones, por su mensaje y no por su medio. Un mismo método pero con un enfoque opuesto.

Para continuar, en este momento te pido a ti, amable lector, que saques tu tapete de yoga, prendas un incienso, silencies tu mente y oxigenes tu cuerpo mediante respiraciones prolongadas. Namasté.

Ya que estamos en sintonía con el cosmos, conectados con la madre tierra y haciendo el saludo al sol, podemos entrar en la misma frecuencia. Vamos a abordar ambos conciertos desde lo que comunican, desde sus símbolos.

Ambos fueron espectaculares. Usaron juegos con luces, colores, accesorios y fuegos artificiales perfectamente sincronizados con la música. Los dos fueron igual de rimbombantes en la forma, pero diametralmente diferentes en el fondo. Hablemos del prana, amigos yogis; de la energía manifestada a través de las alegorías en las dos horas y media de cada concierto.

Una de las cualidades inherentes de la música es que nos une. Dos personas totalmente opuestas, con antecedentes y contextos ampliamente diferentes, pueden unirse bajo un mismo himno. La música desaparece las fronteras del sexo y preferencia sexual, del nivel socio-económico, del nivel educativo y de la religión. Al cantar una misma canción nos volcamos a la unidad, incluso levantando nuestros encendedores y prendiéndolos en singular ritmo.

El concierto de Roger Waters sin duda logró unirnos; lo consiguió como una manifestación del Zócalo, contenida en el Foro Sol, y como muchas de las manifestaciones, utilizó una máscara de justicia social para encubrir muchos sentimientos de frustración, enojo y división.

Sin embargo, lo importante no es el hecho de que la música nos una, sino cómo nos une. Bajo qué emociones logra esa conexión entre los asistentes. Roger Waters apela a nuestros instintos más salvajes, a los menos civilizados. A esos que conectan con el rencor social que, por mera casualidad, hacen más eco con los mexicanos que con otras culturas.

El ex-Pink Floyd utiliza un champurrado de situaciones ajenas a él para formar una ideología. Durante su concierto aparece un cerdo volando clamando justicia por los 43 desaparecidos, pidiendo la renuncia de un presidente que no es suyo, señalando a Donald Trump como un farsante y leyendo una carta señalando que debe reducirse la brecha entre ricos y pobres –muy cómo decirlo cobrando más de $10,000 por boleto, hospedándose en un hotel del lujo y viajando en avión privado–. No califico la autenticidad de sus mensajes, sino su propósito desde el escenario.

Sin duda logra unir a las miles de personas que se dieron cita esa noche en la Magdalena Mixhuca; lo consigue de manera muy eficaz: una coalición a través del rencor, a través de meter el dedo en la yaga.

En el otro lado del espectro está Coldplay, que usa la misma energía pero la canaliza como un coctel de Prozac y Rivotril.

Cuando Waters evoca a una manifestación del Zócalo, Coldplay me recuerda a una congregación krishna celebrando la vida. No hay máscaras de justicia social, simplemente un statement: A Head Full of Dreams. Todos juntos, como una sola cabeza llena de ilusiones. 

El concierto de Coldplay también logra unirnos. No con el grito de “¡fuera Peña!”, si no con pulseras llenas de luz que pulsan al unísono de la melodía.

Aquí no vuelan cerdos evocando asesinatos, aquí vuelan más papelitos que en Sabadazo, vuelan pelotas gigantes que ponen a jugar a los asistentes, que los unen en una celebración de la vida con títulos como Paradise, Adventure of a Lifetime, Viva la Vida y Up & Up.

Contrastan con los de Waters: Us and Them, Welcome to the Machine, Have a Cigar, Run Like Hell, Brain Damage y cierra el concierto con una canción que describe el sentimiento que genera: Comfortably Numb (cómodamente adormecidos) como opio del pueblo.

Cuando Waters apela a los sentimientos más bárbaros, Coldplay rememora la iluminación del espíritu. Incluso usa como estandarte la flor de la vida, un patrón ornamental que simboliza la armonía con todos y con todo.


Mientras Coldplay se fusiona con su audiencia en un escenario en medio de la gente, Waters lee una carta sobre la injusta separación entre ricos y pobres desde su escenario, inusualmente alto y alejado del público, a comparación de otros conciertos en el mismo venue.

Mientras Roger Waters evoca la destrucción, Coldplay invita a la construcción.
Mientras Roger Waters evoca a la violencia, Coldplay invita a la alegría.
Mientras Roger Waters evoca a la muerte, Coldplay invita a la vida.
Mientras Roger Waters evoca a la revolución, Coldplay invita a la evolución.

El mundo necesita más Coldplays y menos Rogers.

Shanti.



P.D. Hice estos dos videos para cada concierto, ilustran desde hace varios meses, sin querer, la reflexión plasmada aquí.

Coldplay:


Roger Waters:



No hay comentarios.: