viernes, mayo 27, 2016

Cinco minutos más, por favor

El tiempo es relativo, según Einstein. Según los meseros, también.

Y es que cuando llegas a un restaurante, llegas con tema de conversación. Te sientas a la mesa con el resto de los comensales, en medio del sonido de charolas, cocina y otras mesas; tu mesa contribuye con una buena plática al bullicio.

El mesero se acerca a los treinta segundos ofreciendo bebidas. Todavía no cuelgo la chamarra en el perchero ni hago la parada obligada en el baño –que está poéticamente casi siempre al fondo, a la derecha–, me siento presionado. Ese día, tal vez, quiero pedir algo más exótico, pero ante la presión de su papel y pluma, sucumbo y pido lo de siempre: una limonada mineral con poco jarabe o, si me siento indulgente ese día, una Coca-Cola, de la roja, con azúcar.

El mesero va por las bebidas, yo me quito la chamarra y voy al baño. Al regresar, con una sincronía impecable, el mesero y las bebidas arriban al mismo tiempo que el mesero. Las cartas ya se encuentran encima de los platos.

Continuamos con la plática que inició al sentarnos. Entonces sucede. El mesero dice la fatídica frase: “¿Están listos para ordenar?”

No. No lo estamos.

Empiezo a sudar frío. ¿A qué le doy prioridad? ¿Al mesero, su papel y pluma o a la amena plática de mis acompañantes? Para cumplir con sus demandas, debemos guardar silencio sepulcral en lo que cada quien lee el misal de comida. Lo haces a toda velocidad, lees y lees, y no lees nada. No te logras concentrar. Qué incómodo. Entonces le decimos, con la educación y percha de un duque: “¿Nos regala cinco minutitos más?”

Ya valió.

Cinco minutos que valen una eternidad, se siente como que en esos cinco minutos se pudo crear el universo. Parece que el mesero fue por cigarros y nunca regresó.

Mi paranoia es la que habla, siento que nos volvemos víctimas de su despecho, un ¡ah! ¿me quieres hacer esperar? Ahora te hago esperar yo. A ver quién gana.

Él gana. No vuelve a aparecerse. Levantas una mano, la otra, las dos. Pasan meseros pero ninguno es el tuyo, y los que pasan apuntan la mirada en un punto fijo hacia adelante tratando de evitar el contacto visual contigo para no ser descorteses pero con la suficiente desidia como para  no tomar la orden de una mesa que no le pertenece.

Toda su proactividad desaparece como Harry Houdini. Aquel buen mozo que ofreció bebidas en un santiamén, que las trajo de vuelta y nos entregó las cartas en menos de lo que canta el gallo, ahora es una quimera, un recuerdo vago de un pasado que se ve lejano pero que comenzó cuando llegamos al restaurante.

Y todo por esa funesta frase: “¿Nos regala cinco minutitos más?”

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