jueves, marzo 09, 2017

¡Urge legislar!

Es pleno 2017, hace casi 50 años el hombre ya pisó la luna y nosotros seguimos teniendo distintos tipos de contactos en la pared, según el país en que te encuentres. A veces no necesitamos que Dios nos castigue por construir una torre de Babel; solitos nos encargamos de hablar distintos idiomas y tener 25 tipos de contactos de pared, solo porque sí.

Algo similar pasa con los seres fantásticos y solo están creando confusión y frustración en los niños. ¡Esto debe de parar!

Recuerdo muy bien un 7 de enero de 1994 (no es broma), debieron ser las 8:45 de la mañana, apenas unos minutos antes de que sonara la chicharra para formarnos en el patio, listos para empezar las clases, después de unas buenas vacaciones decembrinas. La plática estaba acaparada por dos temas: ¿Qué hiciste en las vacaciones? y ¿Qué te trajeron los Reyes y Santa?

En eso me topé con Zorrilla. En escuela de puros hombres nos hablábamos por apellidos, nunca entenderé por qué. Zorrilla (cambié el apellido, no vaya ser que Zorrilla me lea) era un niño, a decir verdad, bastante echadito a perder. Por alguna razón genética o psicológica, se desarrolló sexualmente antes que su propio cuerpo. Estaba obsesionado con el sexo. Le gustaba la maestra que era vieja, con las chichis colgadas, pelo pintado de rojo cerillo y bastante fea. Yo creo que no le gustaba-gustaba, solo era su única referencia femenina a parte de su madre.

Cada vez que podía, Zorrilla se asomaba a verle los calzones a la maestra de inglés, por debajo de su escritorio, y amaba buscar sus senos a través de la abertura de la camisa guanga con estampado noventero.

Zorrilla también me mostró la primera Playboy en mi vida, según recuerdo. Las llevaba a la escuela en la mochila y las sacaba durante el recreo. Siempre me pareció una revista llena de muchas letras y artículos cuando mi expectativa era más bien, gráfica.

En fin. Ese 7 de enero, antes de sonar la chicharra, Zorrilla comenzó a decir qué le trajo Santa Claus. No recuerdo la lista tan a detalle como la fecha, pero era algo así como: una bicicleta, el barco pirata de Playmobil, 5 juegos, el guante y la bazooca del Nintendo, una patineta, una chamarra de los Dallas Cowboys, una gorra Nike de moda, un balón profesional de Adidas, la playera de la selección, la nueva pista de Hot Wheels, una bota sobre la chimenea llena de dulces de importación, de esos caros: m&m´s, 3 Musketeers, Sweetarts, los chicles Ouch (esos que eran como curitas), chicle de los Ghostbusters y del Bubble Tape, unos Slush Puppie (chicles suavecitos de huellitas de perro), los de Popeye, los de Garfield, 3 huevos Kinder y una caja de Gobstoppers para romperte la mandíbula.

Algo no me cuadra” –pensé–. Este tipo reprueba materias, trae pornografía a la escuela, le ve las chichis a la maestra y Santa Claus le trae toda la tienda de Toys ‘R Us. En cambio yo, un niño bien portado que le va medianamente bien en sus calificaciones y no anda acosando a nadie, recibo una cuarta parte del botín. Peor aún, Sotomayor (también le cambié el nombre, porque estoy seguro que él sí me lee), un niño que saca puro 10 en la escuela y es tan bueno como la encarnación de Jesucristo nuestro redentor, recibe pura pinche ropa y una pistolita de agua, de esas del mercado.

Esto huele mal. Santa y los Reyes están haciendo diferencias muy grandes sin coherencia alguna. Debemos salvaguardar los sentimientos de nuestra infancia, ellos son nuestro futuro y los estamos destrozando emocionalmente con estas diferencias. No solo es por la cantidad y calidad de regalos, sino por las características intrínsecas de Santa, los reyes o el resto de las criaturas fantásticas que visitan nuestros hogares.

Al igual que los contactos de pared, necesitamos regularizar y homologar a estos entrañables personajes. ¡Urge legislar!

Debemos ponernos de acuerdo para cuidar a nuestros críos, porque en la escuela se comunican, vastamente. Y no quieres que tus hijos empiecen a lucubrar y atar cabos.

Primero lo primero. ¿Quién trae regalos en navidad? Algunos dicen que Santa Claus y otros que el Niño Dios. Dejémoslo claro de una vez: el niño acaba de nacer, no trae nada consigo más que restos de placenta. En cambio Santa Claus tiene todo el equipo listo; un ejército de elfos sobre-explotados, una fábrica en el polo norte, un trineo que viaja a la velocidad de la luz con renos voladores y un costal con un interior más grande que un hoyo negro. Santa sabe caminar y comerse las galletas y leche bajo el árbol. El Niño Dios no sabe ni gatear, ¡¿cómo esperas que cargue una bicicleta?!

Segundo punto en la agenda. Santa y los Reyes deben llega a un acuerdo: ¿Quién trae qué? En algunas casas solo llega Santa, en otras solo los Reyes. En otras más, Santa trae juguetes y los Reyes ropa, pero en otras es justo lo contrario. No importa el veredicto, solo importa que se pongan de acuerdo porque están generando un pandemónium entre los niños.

Deben consolidar de una vez ciertos estatutos sobre la forma en que hacen su trabajo. ¿Van a dejar los regalos bajo el árbol, en los sillones o piso de la sala? ¿Envueltos o no envueltos? No pueden estar haciendo estas diferencias de casa en casa, señores.

En años recientes, las fechas decembrinas han visto el nacimiento de unos duendes que están generando caos. No por sus travesuras, sino porque están discriminando hogares. En algunos ya son una tradición consolidad mientras que en otra solo son un deseo profundo de los chiquillos porque los padres les cerraron la puerta como testigos de Jehová, no son bienvenidos. Esto representa un problema porque carcome de envidia a los niños que desean verlos en acción y simplemente no aparecen. O se van todos o llegan a todas las casas, no pueden hacer un Apartheid navideño con los niños como víctimas.

Existe por ahí otro ser mitológico, del que ya hemos hablado previamente. Ese que se escabulle para recolectar pedazos de restos humanos por alguna especie de filia o rito satánico. Hablamos del ratón de los dientes. O no. Porque en algunas casas no es ratón, es hada. La verdad suena mejor un hada; un roedor que transmite enfermedades y pestes, y se mete debajo de tu almohada mientras duermes no es nada atractivo, ni siquiera poniéndole un apellido para que suene más bonito.

Es hora de que el Ratón Pérez cuelgue los guantes y deje que el Hada de los Dientes se haga cargo del negocio. Sé que puede tener tintes monopólicos y eso no es bien visto en la Comisión Federal de Competencia Económica, pero debemos de pensar en los niños. ¿Qué queremos? ¿Una hermosa hada o una rata con posible rabia?

También están las Pascuas y los huevos de chocolate. Aquí nos enfrentamos a un tema de identidad de género: algunos dicen que llega el conejo de pascua, otros que la coneja. Somos inclusivos y no discriminamos, sólo hay que tener una misma versión para evitar confusiones.

El/la conejo/a Segundo también provoca un caos con los huevos que trae consigo. He vivido en carne propia tres versiones de su oferta:
1.     Trae huevos de chocolate, los típicos. Algunos con relleno de rompope y otros no, envueltos en papel metálico de colores chillantes.
2.     También se encuentras el servicio premium que solo llega al nivel socioeconómico ABC+, donde trae huevos Kinder y otros chocolates que ya ni huevo son, como Snickers y Milky Way.
3.     Recientemente conocí uno todavía más exclusivo, donde son huevos de plástico y tienen dinero adentro, con monedas y billetes de distintas denominaciones. Claramente ya no nos importa la resurrección de Cristo, sólo la cotización en la Bolsa de Valores, el precio de los CETES y el tipo de cambio en ventanilla.

Es cuestión de una década para que aparezca algún ser fantástico del Día de Muertos o Halloween, creo que debemos hacer una pausa cultural y poner en línea el desorden que ya tenemos antes de presentarnos nuevos personajes. Si no, vamos a terminar como la mitología mexica, que empezaron con Quetzalcóatl y terminaron con Tlaloc, Ehecatl, Coatlicue, Huehueteotl, Tonatiuh, Xochipilli, Tlazolteotl, Coyolxauqui,Huuitzilopochtli, Xolotl y Chalchiuhtlicue. Y el que mucho abarca, poco aprieta.

Dada la situación crítica actual, propongo crear la Comisión de Asuntos Internacionales de Seres Fantásticos en Protección de Nuestros Niños –o la CAISFPNN, por sus siglas en español–: un eje regulador que permita poner orden a esta marabunta de personajes, sus costumbres y descripción de actividades, con el fin de proteger, defender y amparar la tranquilidad de las nuevas generaciones.

En una segunda etapa de regularización abordaremos al coco, chaneques, trolls y monstruos en el closet. Con tu apoyo, este 1° de Julio podemos lograrlo.
Yes, we can.
Make our holidays great again.

martes, febrero 14, 2017

Se nos murió el amor

Siempre me ha intrigado mucho el tema de las preconcepciones. La vasta cantidad de información que creemos verdadera solo por el hecho de haberla escuchado tantas veces.

Creemos que la muralla china se ve desde el espacio –no se ve–, que no debes levantar a un polluelo porque tu olor hará que su madre lo rechace  –los pájaros no tienen buen sentido del olfato–, que tenemos zonas específicas en la lengua para detectar los diferentes sabores –no las tenemos–, que la NASA gastó millones para inventar una pluma que funcionara en el espacio mientras los rusos usaron un lápiz  –chistoso, pero falso–, que usamos el 10% de nuestro cerebro y éste se divide en el lado izquierdo para las funciones lógicas y derecho para las creativas –nel, pastel–.

Pero no, no nos dan calambres por meternos a la alberca después de comer. ¿Cuántas cosas creemos solo porque las hemos escuchado suficientes veces como para dejar de cuestionarlas?

Creo que somos especialmente vulnerables a estos sesgos de confirmación en temas del amor; tal vez por lo que nos dicta nuestra religión, por lo que nos dictan las costumbres sociales del país donde vivimos o por lo que vemos en películas de Hollywood.

Una de las preconcepciones más arraigadas en temas del corazón es que lo opuesto al amor es el odio. Lo creemos sin cuestionarlo, tiene sentido, nos acomoda y entonces así lo dejamos.

Cuando una pareja pasa por un divorcio, generalmente le sigue un periodo muy desgastante de hacerse daño o de ver quién saca ventaja. Esto surge por el odio. Siempre me había preguntado cómo puedes desear tanto mal y sentir tanto odio por la misma persona a la que le prometiste amor eterno.

Es porque el odio no es opuesto al amor. De hecho el odio es una forma de amor frustrado, en el cual se presenta una represión de sentimientos.

El odio es amor. Surge del mismo lugar, de los mismos sentimientos, pero con un ingrediente incorrecto o faltante. Es la misma energía canalizada distintamente.

Lo opuesto al amor no es el odio, es la indiferencia.

Creo que funciona similar a la diferencia entre calor y frío. Entre los estudiosos de la física, se dice que el calor y frío no son opuestos, sino que el frío es simplemente la ausencia de calor.

Cuando una persona ya no te importa, entonces hay ausencia de amor. Por lo mismo, también hay ausencia de odio. Es ese punto que alcanza la pareja divorciada donde ya pueden tener una relación cordial en beneficio de los hijos en común y viven en paz.

Cuando hay odio, hay mucho amor. Amor lastimado, reprimido. La dicotomía del amor es la desgana, es lo ajeno, es la ausiencia.

Cuando hay indiferencia, entonces sí, como dice Mijares: se nos murió el amor.

jueves, enero 19, 2017

De simbolismos y esas cosas


2016 fue el año en que mis quincenas tuvieron nombre y apellido. A diferencia de muchas realidades, no fue para pagar colegiaturas, ni para pasarle una pensión a una ex-esposa. Afortunadamente no fue para un médico, ni para pagar una deuda. Fue para Ocesa.

Alguien le embarró aguacate a todas sus negociaciones y lograron traer a la Ciudad de México eventos fenomenales como Roger Waters, Coldplay, The Rolling Stones, The Who y otros tantos que simplemente no hubo cartera que aguantara el paso.

Hoy me quiero enfocar en los dos primeros: Roger Waters y Coldplay.

No porque sean comparables en carrera, calidad musical, estilo o género; sino porque, de todos los eventos que pude presenciar en este año, estos dos fueron los más espectaculares. No se trata de definir cuál fue el mejor. Sino de contrastar a estas increíbles producciones, por su mensaje y no por su medio. Un mismo método pero con un enfoque opuesto.

Para continuar, en este momento te pido a ti, amable lector, que saques tu tapete de yoga, prendas un incienso, silencies tu mente y oxigenes tu cuerpo mediante respiraciones prolongadas. Namasté.

Ya que estamos en sintonía con el cosmos, conectados con la madre tierra y haciendo el saludo al sol, podemos entrar en la misma frecuencia. Vamos a abordar ambos conciertos desde lo que comunican, desde sus símbolos.

Ambos fueron espectaculares. Usaron juegos con luces, colores, accesorios y fuegos artificiales perfectamente sincronizados con la música. Los dos fueron igual de rimbombantes en la forma, pero diametralmente diferentes en el fondo. Hablemos del prana, amigos yogis; de la energía manifestada a través de las alegorías en las dos horas y media de cada concierto.

Una de las cualidades inherentes de la música es que nos une. Dos personas totalmente opuestas, con antecedentes y contextos ampliamente diferentes, pueden unirse bajo un mismo himno. La música desaparece las fronteras del sexo y preferencia sexual, del nivel socio-económico, del nivel educativo y de la religión. Al cantar una misma canción nos volcamos a la unidad, incluso levantando nuestros encendedores y prendiéndolos en singular ritmo.

El concierto de Roger Waters sin duda logró unirnos; lo consiguió como una manifestación del Zócalo, contenida en el Foro Sol, y como muchas de las manifestaciones, utilizó una máscara de justicia social para encubrir muchos sentimientos de frustración, enojo y división.

Sin embargo, lo importante no es el hecho de que la música nos una, sino cómo nos une. Bajo qué emociones logra esa conexión entre los asistentes. Roger Waters apela a nuestros instintos más salvajes, a los menos civilizados. A esos que conectan con el rencor social que, por mera casualidad, hacen más eco con los mexicanos que con otras culturas.

El ex-Pink Floyd utiliza un champurrado de situaciones ajenas a él para formar una ideología. Durante su concierto aparece un cerdo volando clamando justicia por los 43 desaparecidos, pidiendo la renuncia de un presidente que no es suyo, señalando a Donald Trump como un farsante y leyendo una carta señalando que debe reducirse la brecha entre ricos y pobres –muy cómo decirlo cobrando más de $10,000 por boleto, hospedándose en un hotel del lujo y viajando en avión privado–. No califico la autenticidad de sus mensajes, sino su propósito desde el escenario.

Sin duda logra unir a las miles de personas que se dieron cita esa noche en la Magdalena Mixhuca; lo consigue de manera muy eficaz: una coalición a través del rencor, a través de meter el dedo en la yaga.

En el otro lado del espectro está Coldplay, que usa la misma energía pero la canaliza como un coctel de Prozac y Rivotril.

Cuando Waters evoca a una manifestación del Zócalo, Coldplay me recuerda a una congregación krishna celebrando la vida. No hay máscaras de justicia social, simplemente un statement: A Head Full of Dreams. Todos juntos, como una sola cabeza llena de ilusiones. 

El concierto de Coldplay también logra unirnos. No con el grito de “¡fuera Peña!”, si no con pulseras llenas de luz que pulsan al unísono de la melodía.

Aquí no vuelan cerdos evocando asesinatos, aquí vuelan más papelitos que en Sabadazo, vuelan pelotas gigantes que ponen a jugar a los asistentes, que los unen en una celebración de la vida con títulos como Paradise, Adventure of a Lifetime, Viva la Vida y Up & Up.

Contrastan con los de Waters: Us and Them, Welcome to the Machine, Have a Cigar, Run Like Hell, Brain Damage y cierra el concierto con una canción que describe el sentimiento que genera: Comfortably Numb (cómodamente adormecidos) como opio del pueblo.

Cuando Waters apela a los sentimientos más bárbaros, Coldplay rememora la iluminación del espíritu. Incluso usa como estandarte la flor de la vida, un patrón ornamental que simboliza la armonía con todos y con todo.


Mientras Coldplay se fusiona con su audiencia en un escenario en medio de la gente, Waters lee una carta sobre la injusta separación entre ricos y pobres desde su escenario, inusualmente alto y alejado del público, a comparación de otros conciertos en el mismo venue.

Mientras Roger Waters evoca la destrucción, Coldplay invita a la construcción.
Mientras Roger Waters evoca a la violencia, Coldplay invita a la alegría.
Mientras Roger Waters evoca a la muerte, Coldplay invita a la vida.
Mientras Roger Waters evoca a la revolución, Coldplay invita a la evolución.

El mundo necesita más Coldplays y menos Rogers.

Shanti.



P.D. Hice estos dos videos para cada concierto, ilustran desde hace varios meses, sin querer, la reflexión plasmada aquí.

Coldplay:


Roger Waters:



sábado, diciembre 31, 2016

El Huevo Kinder

1974 - INTERIOR - BAR ITALIANO - DÍA

Es un caluroso día. Son las 12:37. El bar se encuentra semi-vacío. William Salice y André Roche están sentados en la barra, viéndose en el espejo detrás de las repisas que sostienen las botellas con un whisky en la mano, William lo paladea a temperatura ambiente mientras que André solicita más hielos cada cinco minutos, al grado que en su vaso queda más agua que whisky. El barista lava algunos tarros y pasa un trapo húmedo con olor a viejo sobre la barra. De fondo se escucha un radio con mala recepción: suena Annie’s Song de John Denver, éxito del momento con un toque de nostalgia digna de un bar a esa hora y con esa concurrencia.

***

WILLIAM
Tengo una idea que nos va a hacer millonarios.

ANDRÉ
¿Cuál?

WILLIAM
Vamos a venderle huevos a los niños.

ANDRÉ
¿Huevos?

WILLIAM
Sí, huevos.

ANDRÉ
Los niños odian el huevo.

WILLIAM
Pero es que éste es de chocolate.

ANDRÉ
¿Cómo?

WILLIAM
En vez de cascarón, tiene chocolate.

ANDRÉ
¿Por qué?

WILLIAM
¿Por qué no?


Ambos toman un trago de su vaso y hacen una pausa.


ANDRÉ
¿No puede ser algo más atractivo?

WILLIAM
¿Cómo qué?

ANDRÉ
‘Uta, no sé. ¡Un oso panda!

WILLIAM
¿Un oso panda?

ANDRÉ
Todo mundo ama a los osos pandas.

WILLIAM
Mmhh… No, un huevo… y en el centro tiene una especie de yema.

ANDRÉ
Pensé que era un chocolate macizo.

WILLIAM
No, casi todo es aire, solo el cascarón es de chocolate.

ANDRÉ
Nadie compraría un chocolate donde su ingrediente principal es… aire.

WILLIAM
Por eso se me ocurre la yema.

ANDRÉ
¿Y de qué es la yema? ¿Algún relleno espeso, como un chocolate de esos que hay en casa de la abuela y te decepcionan a la primer mordida?

WILLIAM
No, de plástico.


André regresa un poco de whisky a su vaso en asombro, casi como ahogándose.


ANDRÉ
¡¿De plástico?!

WILLIAM
Sí. Color amarillo, como la yema.

ANDRÉ
Está asqueroso.

WILLIAM
¡Nah!

ANDRÉ
…y peligroso.

WILLIAM
¿Por qué?

ANDRÉ
Un niño podría ingerirlo en la mordida y sofocarse.

WILLIAM
¡Nah! A lo mucho lo prohibirán en Estados Unidos.

ANDRÉ
De todas formas no creo que nadie muera.

WILLIAM
Exacto.

ANDRÉ
Porque nadie va a comprar un huevo café relleno de aire y una yema amarilla de plástico.

WILLIAM
Y la parte interna del chocolate es blanca como la clara de un huevo.

ANDRÉ
¿Por qué harías eso?

WILLIAM
Para decir que está hecha de leche.

ANDRÉ
Todos los chocolates tienen leche.

WILLIAM
Sí, pero este será nuestro posicionamiento nutritivo.


Termina Annie’s Song de John Denver en la radio, después de unas palabras en italiano del locutor, empieza a sonar Jazzman de Carole King.


ANDRÉ
¿Y por qué la yema es de plástico?

WILLIAM
Porque adentro trae un juguete.

ANDRÉ
¡Todo este tiempo me imaginé un huevo de gallina, no de avestruz!

WILLIAM
Es un huevo de gallina.

ANDRÉ
¿Y como vas a meter un juguete adentro de un huevo de gallina?

WILLIAM
Es un juguete muy pequeño.

ANDRÉ
Inservible.

WILLIAM
¿Qué más da? Es un juguete, los niños aman los juguetes.

ANDRÉ
¿Que tipo de juguete?

WILLIAM
El niño lo tendrá que armar. Vendrá con instructivo y todo.

ANDRÉ
¿Con todo e instructivo?

WILLIAM
Sí.

ANDRÉ
Guau.

WILLIAM
¿Qué?

ANDRÉ
¿Cómo llegaste a todo esto?

WILLIAM
Estoy aquí desde el martes.

jueves, diciembre 15, 2016

El Pollo

La mejor forma de aprender, la mejor forma de percibir el mundo y de digerirlo es a través del juego. Es más divertido Waze que Google Maps porque sumas puntos al reportar cosas en tu camino, aunque no ganas nada con esos puntos. Lo mismo con Trip Advisor, donde te haces acreedor a insignias por cooperar, que no sirven para nada más que para alimentar un extraño ego disfuncional.

En la infancia era igual, y la mejor forma de entender el mundo era a través del juego. A tal grado que inventamos juegos para iniciar otros juegos, un juego dentro de un juego: INGAMEPTION. Llamémosles pre-juegos, pues.

Algunos pre-juegos eran ‘Zapatito Blanco-Zapatito Azul’, ‘Pin-Pon-Papas’, ‘¿Con qué dedito te pi-qué?’ –suena espantoso ese, ahora en la edad adulta y cochambrosay ‘En el Río Titicaca una vieja se hizo caca’. Estos pre-juegos servían para definir la primicia para tomar turnos en el juego en puerta. Supongo que los niños de ahora deben usar un app para esto.

También existía ‘Gallo-Gallina’, que consistía en avanzar paso a paso, tocando la punta del pie con el talón del otro, hasta alcanzar a tu oponente. El primero en pisarle el pie al otro ganaba. Luego algún gandaya se inventó el recurso del “pollito” para tomar una desleal ventaja, una especie de comodín voluntarioso que permite recortar una pisada con el objetivo de dejar al otro en desventaja.

Sorprendentemente nadie se inventó el “huevo”. ¡Qué burros! Por sus cualidades físicas podía ser algo así como el Expecto Patronum del ‘Gallo-Gallina’. Con su superficie redonda podrías haber definido que su cualidad era rodar hasta pisar los pies del contrincante o alguna jalada así.

Mucho nos cuestionamos sobre el huevo, la gallina, el gallo y el pollo. ¿Quién fue primero? ¿Por qué cruzó el camino? y recientemente me surgió una nueva: ¿Cuál comemos? ¿Lo que comemos realmente es pollo o es una gallina con buen marketing detrás, para que suene más apetitoso?

En mi cabeza los pollos son chiquitos, como los de feria –¡¿quién creyó que era buena idea regalar un pollo en una feria?!, son pollos que caben en una mano. Al ver el tamaño de unas buffalo wings tiene todo el sentido, pero luego compro un pollo rostizado y algo no me cuadra. El pollo parece una versión aviar de Jack, el niño con cuerpo de Robin Williams en la película de 1996.

En mi libro académico ‘Disertación Sobre las Diferencias de la Familia Phasianidae del Orden Galliforme y sus Implicaciones Nutricionales en Función de la Sociedad Post-moderna’ abordé esta temática de trascendencia cultural con las siguientes conclusiones:

Resulta que no es una estrategia de marketing. Sí estamos comiendo pollo, o sea el hijo del gallo y la gallina que todavía no es adulto. Está súper cruel eso, nos convierte en asesinos de menores.

Un pollo se considera pollo hasta los 5 meses de edad, después de eso le hacen su Bar Mitzvah y se convierte en gallo o gallina según sea el caso. Cuando comemos pollo, éste tiene aproximadamente 2 meses de edad, ¡todo un polluelo! valga la expresión.

Lo que pasa es que en esos meses crece mucho, como en esteroides. ¡Casi como si le hubieran metido hormonas! ¡Sacrilegio!

Cometemos la atrocidad de comernos a estas indefensas crías porque su carne es suave. La carne de gallina en cambio tal vez con los achaques de la vida se hace más dura. Lo mismo con el gallo, además de que si no se cose de manera adecuada tiene un sabor agrio, supongo que por las presiones de su trabajo.

Entonces decidimos su estructura social de manera bastante canija. Fungimos como padrotes de las gallinas y las criamos para que pongan huevos, una y otra vez. Los gallos son muy gallos, entonces necesitas uno, a lo mucho un par, para fecundar al resto de las gallinas. El resto de los gallos nunca llegan a ser gallos y acaban con un plato de mole o en unas alitas de Hooters. Más o menos aplica la misma ley del barco hundiéndose pero al revés: Niños y mujeres primero.

Y pus ya, queda resuelta la duda del pollo.

jueves, diciembre 08, 2016

Revolucionarios de sillón y activistas del click

Nos hemos vuelto bien quién-sabe-cómo pero no me caemos bien. Creemos que podemos cambiar al mundo poniendo un tweet quejoso o solucionar la hambruna mundial presionar el botón de share.

Hay de casos a casos y generalizar siempre hace popó cualquier argumento. Sin duda el botón de share puede ayudar a generar consciencia, como fue con el Ice Bucket Challenge y la esclerosis lateral amiotrófica o con nuestra tradición de pintar el mundo color Pepto Bismol cada octubre por el cáncer de mama. Si bien no se soluciona el problema, nos lo pone en la jeta para recordar que podemos revisarnos y prevenir.

Las redes sociales le han dado mucho poder –tantito demasiado, para mi gusto– al vox populi. Como péndulo, pasamos de la opresión sentimental a sentirnos superiores moralmente. Algunas marcas eran rete-abusivas con nosotros en la era pre-internet, pero ahorita, con tantita más voz, buscamos la revancha, sin freno de mano.

Nos sentimos bien empoderados porque sabemos que tiemblan con cada comentario negativo que se haga en público sobre su marca, pero a veces rallamos en lo purista y en lo absurdo: “¡Total! ¡Le estoy tirando caca a la marca de refrescos! Malditos cerdos neo-liberales”.

Se nos quita la vergüenza porque ningún mal viene de insultar a una lata de Coca. O sí. Porque hay personas y familias detrás de esa lata de refresco, que sí pierden su chamba por hacer un comentario desatinado como community manager, o incluso sin ostentar esa posición. Porque la mala publicidad afecta las ventas y la falta de ventas afecta la rentabilidad y la rentabilidad afecta al organigrama, que se ve afectado por un recorte de personal. Y sí, todo puede empezar con un comentario tan trivial en internet.

La neta es que heredamos muy bien eso del “chingado” desde aquellos días donde Hernán Cortés lo puso de moda. Tenemos memoria selectiva y olvidamos las atrocidades de la Trevi porque nos gusta La Papa Sin Catsup, pero no olvidamos que nos chingaron los europeos hace casi 600 años. Seguimos con resaca de la conquista, con una paupérrima autoestima nacional, con ese sentimiento de inferioridad que nos hace suculenta la venganza al establishment cada vez que tenemos oportunidad de nuestro lado, sin importar si tenemos la razón de nuestro lado.

Así que al primer cambio de luces salimos a darles hasta por debajo de la lengua por embriagarnos con esa imaginaria autoridad otorgada por Facebook y Twitter. Como buen oráculo, Andy Warhol predijo en 1968 que en el futuro todos podríamos tener nuestros 15 minutos de fama, pero de verdad que estamos usando esos 15 minutos para pura fregadera, ¿o no, Lady Polanco? ¿o no, Lady 100 pesos?

A veces –solo a veces– hay buenas intenciones en un comentario, en un like o en un share, pero de buenas intenciones está hecho el camino al infierno. Cuando algún conocido está desaparecido aprovechamos todos los recursos a la mano, pero ¿qué tanto sirve poner la foto del “Chanclas” (mi amigo imaginario) en Facebook para encontrarlo?

Creo que me preocuparía si funcionara esta estrategia. De verdad no logro trazar el camino de cómo puede funcionar. ¿Estamos esperando que la foto llegue al muro del secuestrador y huela nuestra desesperación como para causarle remordimiento de conciencia y liberar al “Chanclas”? ¿O le llega a un amigo del secuestrador y dice: “¡Ay, a huevo! Yo vi a ese güey en el sótano del Barbas la semana pasada que fuimos al póker en su casa”? Sé que en momentos de desesperación hacemos todo en nuestras manos pero no creo que quien lo haya privado de su libertad lo haya amarrado al quiosco de Coyoacán a plena vista pública como para que la publicación de Facebook sirva de algo.

Así es como hemos comotizado la inconformidad, queriendo cambiar el mundo un like a la vez siendo revolucionarios de sillón y activistas del click.

martes, noviembre 29, 2016

Horas Extra

Y en el séptimo día, Dios descansó”. Bueno, no. Porque, fíjate: El domingo es el día en que decidió que iba a descansar después de su creación, pero el domingo es el día en que la gente va a misa.

Cuando las personas van a misa es el día que más plegarias hacen. Y nos han dicho que Dios siempre escucha nuestras plegarias. Entonces estamos haciendo trabajar a Dios horas extra el domingo, su día de descanso.

No sé cómo esté establecida la Ley Laboral allá en el Edén, pero asumo que para eso es el diezmo que nos piden en la misa: para pagar las horas extra que ponemos a trabajar al patrón, ese día.

viernes, noviembre 11, 2016

Tautónimos

En mi viaje a Bora Bora, estaba escuchando a Duran Duran mientras disfrutaba de un delicioso shabu shabu que pedí en el room service; no se parece nada al que sirven en el Tori Tori de Zuazua, Nuevo León, porque éste tenía un toque de couscous.

Nunca tuve que usar mi GPS TomTom para moverme por este paradisiaco lugar, podías ver nítidamente el extremo de la isla, si tienes una visión veinte-veinte.

Quise ir a bucear con el Mola Mola, pero me hicieron la trastada ¡¿Qué, qué?! Ese pez nunca se puede observar en aguas tan poco profundas. Por eso decidí quedarme en tierra firme y jugar con mi yoyo, después una lugareña me enseñó a usar el hula-hula, si bien es un símbolo hawaiiano, en Bora Bora también se divierten con este aro.

¡Vaya, vaya! ¡Yo no sabía que la música en español era tan popular en Bora Bora! En el sonido de la alberca se escuchó a José José, la canción del Picky-Picky y hasta la Mosca Tsé-Tsé. También pusieron la de La Chica Ye-ye y la de los Polvos Pica-Pica, de los Hombres G.

Ya entrado el atardecer, decidieron poner chachachá y cancán, entre que no me gusta esa música y que ya estaba empezando el chipi-chipi, decidí irme a mi cuarto. No más alberca para mí ¡Tan-tán!

Tenía algo de hambre y recordé que en mi equipaje de mano había guardado un poco de pan dulce de los Bisquets Bisquets Obregón, un toque de casa al otro lado del mundo siempre es reconfortante. No fue suficiente para llenar el estómago así que pedí una tártara y después me fui a dormir. Será por la cantidad de comida, pero durante la noche tuve pesadillas ¡Ñaka ñaka!

Bye, bye.

miércoles, noviembre 09, 2016

Avanza la ignorancia

¿Te acuerdas del juego de mesa Maratón? Un juego inventando por el mexicano Sergio Schaar Chabat, donde competías, a través de conocimiento y cultura general contra otros participantes, pero principalmente contra la ignorancia. La ignorancia avanzaba casillas cuando los participantes erraban su respuesta. Así las cosas, así la vida. Más allá de un tablero, unos dados y unas fichas.

Cada vez que tomamos decisiones sin realmente informarnos como personas, como sociedad o como humanidad, avanza la ignorancia. Este año ha avanzado muchas casillas y ya nos está ganando, con una gran ventaja.

Hay algo que me ronda la cabeza desde hace un par de años, tal vez más: La democracia no apela a la razón sino a la popularidad, pero popular no es sinónimo de mejor. Creemos que la elección de un gobernante por mayoría de votos es equivalente a la mejor elección.

El problema es quién vota. Ponemos en manos de todas las personas el rumbo de un país, sin que las personas estén necesariamente informadas, educadas y documentadas para elegir un líder. Los elegimos con base en la percepción, no en la realidad; en lo que aparentan ser, no en lo que son; en lo que queremos escuchar, no lo que debemos escuchar.

Así es como se elige a alguien; no por el profundo entendimiento de la política pública sino por un producto mercadológico construido para generar atracción. Se elige a alguien porque la percepción se convierte en la realidad, se elige a alguien porque las apariencias se vuelven dogmas y se elige a alguien porque le damos más valor a nuestras preconcepciones que a afrontar una verdad.

Y sí, la ignorancia sigue avanzando porque no aprendemos, porque tenemos una tendencia a favorecer la información que confirma nuestras creencias e hipótesis.

Se le atribuye a Napoléon Bonaparte la frase “aquel que no conoce la historia, está condenado a repetirla”. Son muy claros los patrones que han llevado a que la ignorancia vaya muy avanzada en las casillas de nuestro Maratón, pero el problema de la obviedad es que se vuelve obvia después de ser expuesta, A posteriori. Como dicen: una vez ahogado el niño, tapan el pozo.

Este año pasó con Inglaterra y su votación para salirse de la Unión Europea, este año pasó con la búsqueda de paz en Colombia, este año pasó incluso en las elecciones en México, donde se esperaba sin concesión a la duda, que el PRI ganaría en algunos estados como Aguascalientes, Chihuahua, Durango, Tamaulipas, Veracruz y Quintana Roo.

En todos los casos, la respuesta fue la opuesta a la expectativa; porque estamos acostumbrados a creer en lo que nos conviene creer. Porque creemos que somos una muestra representativa de la opinión y creencia de todo un país, porque creemos que nuestra opinión es la opinión de todos. El sentido común es el menos común de todos los sentidos ¿qué no?

Parece increíble que en la era de la información, lo que más fluye es la desinformación.

¿Cuántas frases del Papa Francisco, de Ghandi y de la Madre Teresa hemos compartido que no son de ellos? Pero confirman nuestra creencia, entonces les damos validez. ¿Cuántas veces hemos recibido en Facebook un texto donde le quitas el derecho a Mark Zuckerberg de poseer ciertos datos? Pero lo compartimos porque confirma nuestra creencia.

Le damos validez a estudios, a opiniones y a encuestas porque nos dicen lo que queremos escuchar.  Hoy más que nunca, el mundo entero se mueve por proyecciones, predicciones, estudios y data; y hoy más que nunca, estos indicadores nos han hecho una jugarreta. No solo las elecciones, también el rating de la televisión, los clicks y views en medios digitales, la efectividad del punto de venta en los autoservicios. El mundo entero se está moviendo por indicadores que nos dicen lo que queremos escuchar y que en muchas ocasiones se ha probado que las métricas no son correctas, pero no importa, porque depositamos en una entidad externa nuestra fe, nos lavamos las manos porque nos conviene.

Es un momento de intensa reflexión sobre la democracia, es un momento de reflexión sobre la información. No está mal que ambas existan, lo que está mal es no cuestionarlas, porque si no, avanza la ignorancia.

lunes, octubre 17, 2016

Ch-ch-ch-ch-changes

Cuando un músico logra un hit, sabe que la fórmula funciona y la repite. Tiene un sello distintivo que lo persigue como una sombra amigable que le ha dado fama y dinero.

Las langostas crecen un exoesqueleto que las protege, pero cuando siguen creciendo, este “caparazón” les deja de quedar, les aprieta. Entonces hacen un cambio, se quitan esa coraza que los protegió durante tanto tiempo, crecen una nueva y se salen de su zona de confort.


Al músico le pasa lo mismo que a la langosta; aquello que lo hizo fuerte le empieza a apretar, a incomodar. Ya no cabe dentro de esa imagen que creó. Lo vemos repetidamente. Los Beatles migraron de She Loves You a I Am The Walrus y les fue bien.

A otros no. recuerdo a Robbie Williams con una fórmula muy clara en Rock DJ y nada más no logró hacerla con Rudebox.

A eso Darwin le llamó evolución. Comúnmente confundimos este término con la supervivencia del más fuerte, pero no. De ser así, el mundo animal estaría lleno de animales en esteroides, las hormigas medirían dos metros y el ser humano, como especie dominante, tendría que romperle la cara a un tigre en un mano-a-mano.

La evolución es realmente la supervivencia del más adaptable. El que logra acomodarse a las nuevas circunstancias es el que logra salir avante.

Hoy este espacio evoluciona. Cuando hice este blog lo bauticé de la forma más pura posible; iba a ser el espacio donde me dejaría ir a rienda suelta, donde diría lo que quisiera sin censura editorial, puntos de vista libres –a veces sustentados con fuentes, otras no–. Un espacio para tener una diarrea de ideas, sin ningún tipo de estreñimiento en mis palabras.

Así fue como llegó a su nombre:


“Diarrea de Ideas” me permitió soltar la pluma –el teclado, pues– y hablar de temas muy controversiales, poco convencionales e incluso meterme en un par de líos con personas y culturas. Tuvo su época de furor pero dejó de tenerla cuando Twitter; cuando la gente decidió que no valía la pena leer nada con más de 140 caracteres. No por eso dejé de escribir, se convirtió en una especie de diario personal sobre reflexiones de cualquier índole que si, por chiripa, alguien pasaba a leerlo, se beneficiaría mi ego.

Este espacio fue mutando. Poco a poco me fui limitando, no tanto en el lenguaje (puto, pendejo, pinche ¿ves?), sino en los temas que abordé. Pero el medio es el mensaje, como bien decía Marshall McLuhan. Si vas cambiando el medio con el cual te comunicas, tu mensaje también se modifica.

Leo lo que escribía hace 5 años y me gusta el ritmo, la irreverencia y los temas. Esa desfachatez se fue comoditizando, pero también se fue censurando. Escarmentando en cabeza ajena –y a veces propia– vi las consecuencias de no tener un filtro en el mundo online. Sigo sin abrazar esa moral snob que está asfixiando al humor políticamente incorrecto, pero simplemente es insostenible. Puede tener consecuencias personales y profesionales que no vale la pena arriesgar por exponer públicamente un punto de vista que a veces ni es propio, que a veces es un chistín sin dolo pero algunos azotados llevan a la hoguera.

Y así llega la evolución de este blog, no como un punto de partida sino como una consecuencia de algo que ya vengo haciendo. Leo lo que he escrito en los últimos años y ha perdido esa sazón. No pierde del todo su esencia pero, al igual que el músico y la langosta, el exoesqueleto de “Diarrea de Ideas” le dejó de quedar.

Hoy me pongo más mafufo y avant-garde. Me invento un nombre de buró para un lugar donde procrastino, donde tomo una bocanada de aire fresco antes de regresar a la rutina. Al mismo tiempo es un lugar donde creo e invento por iniciativa propia, nada gano más que la satisfacción personal de hacerlo. Es un espacio designado para eso, una nación con fronteras que contiene mi proactividad creativa.

De ahí el juego de palabras. Pro-Creative Nation y Procrastination. Dos conceptos opuestos que se mezclan de forma homogénea. Un oxímoron que le da un sentido a esta combinación de ideas contradictorias. Una diarrea de ideas pero con algo de Pepto Bismol.